
He de confesar que antes que nada soy un amante del jazz. Siendo muy joven me aficione a esa música excitante, impredecible y altamente adictiva y a ella consagré buena parte de mi tiempo de ocio y de mis escasos ingresos. Pero también desde niño escuchaba los discos de bossa nova que mis padres, con su gusto exquisito, pinchaban en nuestro tocadiscos stereo, joya de la tecnología de la época. Pronto captaron mi atención aquellas melodías, aquellos ritmos que amenizaban los largos atardeceres del estío mediterraneo. Me fascinaba la sorprendente cualidad evocadora de esa música de ensueño que dibujaba en mi mente paisajes y sensaciones desconocidas y a la vez reconocía en ella los mismos acordes sofisticados que amaba en el jazz. Poco a poco fui comprobando que muchas de mis melodías favoritas habían sido compuestas por un tal Jobim, del que nada sabía, pero que fue adquiriendo en mi imaginación la dimensión de un genio portentoso.
Desde aquellos primeros contactos con la musica brasileña, Jobim se convirtió para mi en un referente musical al que se subordinaban el resto de compositores de la música popular de aquel país. Juzgaba con acierto que en su música residían excepcionales cualidades y valores que lo situaban con indiscutible autoridad como el número uno, la cima, la fuente de la que brotaba todo lo demás. Lo que Miles Davis significaba para mí en el mundo de Jazz, lo era Jobim en el ámbito de la música brasileña. Músicas y músicos tan diferentes. Genios de universos distantes, aunque tal vez no tan lejanos como pudiera pensarse.
Algunos años han pasado desde entonces y hoy, miles de discos se agolpan en mi discoteca. He escuchado centenares de músicos de todas las épocas y lugares. Sin embargo, después de todo ese camino recorrido, cuando puedes elegir entre tantas experiencias musicales diferentes, hay momentos en los que necesitas algo auténtico, sincero, sin artificios. Cuando eso ocurre, siempre regreso a él, a Jobim. Escuchar cualquiera de sus grabaciones, frente al mar, es una invitación a la reflexión sin intermediarios. Un camino que conduce a lo mas hermoso que reside en el fondo del espíritu humano. Es contemplar tu propia existencia, con sus problemas y vicisitudes, bajo un prisma de belleza pura, algo que es universal, una forma de arte intemporal mas allá de modas, estilos o épocas. Simplemente Antonio Carlos Jobim, siempre Jobim, el maestro soberano.